
Apache rica fingió ser pobre para hallar esposo… Solo el vaquero rechazado la amó.
Una noche, bajo un manto de estrellas que parecían diamantes esparcidos en terciopelo negro, Naya se sentó junto a su padre frente a la fogata. Padre, estoy cansada”, dijo con voz suave pero firme. “Cansada, hija mía, pero si apenas has vivido 20 primaveras”, respondió Tacoda sin apartar la mirada del fuego danzante.
“Cansada de ver hombres que solo ven lo que tengo, no lo que soy. Cansada de sonrisas falsas y promesas vacías.” El jefe guardó silencio. Conocía bien el corazón de su hija. Era pura como el agua del manantial, noble como el águila que surca los cielos. ¿Qué deseas hacer? Preguntó finalmente. Naya respiró hondo.
Las llamas del fuego se reflejaban en sus ojos oscuros, llenos de determinación. Quiero encontrar el amor verdadero, pero no como la hija del jefe. Quiero que alguien me ame por quien soy, no por lo que poseo. ¿Y cómo piensas lograr eso? Una sonrisa misteriosa apareció en el rostro de Naya. Iré al pueblo más cercano.
Me vestiré con ropas sencillas. Viviré como vive la gente común y así sabré quién tiene un corazón genuino. Tacoda observó a su hija con una mezcla de orgullo y preocupación. Era arriesgado, pero entendía su anhelo. Es peligroso, Naya. El mundo puede ser cruel con quienes parecen no tener nada. Lo sé, padre, pero prefiero enfrentar la crueldad con la verdad que vivir en comodidad con mentiras.
Amigos, no olviden suscribirse al canal. Nos encanta saber desde qué país nos están viendo. Dejen su comentario. Eso nos hace muy felices y nos motiva a traerles más historias. Ahora continuemos. Tres días después, mientras el amanecer pintaba el horizonte de naranja y púrpura, Naya se despidió de su tribu. Llevaba puesto un vestido de tela burda desgastado por el tiempo.
Sus pies calzaban sandalias simples, muy diferentes a las botas decoradas que solía usar. Su cabello, usualmente adornado con plumas y cuentas preciosas, ahora caía suelto y sin adorno sobre sus hombros. Su madre, con lágrimas en los ojos, le entregó una pequeña bolsa de cuero. Aquí hay algo de comida para el camino.
Regresa cuando encuentres lo que buscas o cuando tu corazón te llame de vuelta a casa. Naya abrazó a su madre con fuerza, memorizando su aroma, su calidez. Volveré, madre, te lo prometo. El camino hacia el pueblo de Río Seco fue largo y polvoriento. Naya caminó durante horas bajo el sol implacable.
